Prólogo 

En la edad del hierro, Gelán, jefe arquero de la tribu Nacoaz, se ve obligado a huir y recala en un territorio desconocido para él en el que habita otra tribu menos desarrollada y de caracteres morfológicos distintos. Intentará adaptarse a su nueva situación sin dejar nunca de desear volver a su tierra para comprobar qué queda de su gente. Hasta conseguir este propósito se ve involucrado en el acontecer de la tribu local, que permanece en la edad de piedra.

Autor: Javier Calderón

Capitulo 1

Acostumbrado a ver el monótono horizonte durante tantos días en alta mar, una leve variación en la línea en que se confunde el agua con el cielo, le llamó vivamente la atención. Se incorporó con cuidado en la canoa, hasta colocarse de rodillas, atento de no romper el precario equilibrio y miró al punto en que creía haber visto el destello. Con el sol poniéndose a su espalda, los últimos rayos iluminaban una cumbre nevada. Se puso de pie y, en efecto, las crestas de una cadena montañosa se oteaban en la lontananza.

El mar estaba en calma y observó que la suave brisa le llevaba en la dirección de la costa. Se sentó sintiendo dolor al apoyarse en las llagas que cubrían casi todo su cuerpo y recuperó la esperanza que hacía días había perdido. Con un poco de suerte al amanecer tocaría tierra pero… ¿tendría fuerzas para enfrentarse a un rompiente? Se preguntó. Por supuesto que no, se contestó a si mismo. En sus condiciones sería incapaz de nadar más de veinte brazadas seguidas; estaba al límite de su resistencia. Llevaba muchos días en el mar y había agotado el agua y la comida hacía tiempo. Mientras tuvo para beber luchó con la mala mar cuando la hubo, remó en las calmas aun sin saber en la dirección en que lo hacía y mantuvo la esperanza de arribar a cualquier lugar que le permitiesegelan-f2 continuar viviendo, pero cuando la última gota del odre le cayó en la boca dejó de pelear y recostándose en el fondo de la canoa esperó la muerte. En ocasiones tuvo la idea de arrojarse al agua para terminar de una vez por todas con el suplicio de la sed que se le agravaba cada vez que tomaba pequeños sorbos de agua salada; pero su fuerte instinto de supervivencia más su resistencia a la adversidad desarrollada durante toda su vida le hacían desistir de precipitar los acontecimientos. Ahora había una posibilidad de salvar la vida y se acordó de lo más preciado que le acompañaba en su singladura. Desató el arco que llevaba cogido en la parte interior de la canoa, cerca de la borda, en el costado de babor. El cuero de la funda exterior estaba impregnado en sebo que se había ido emulsionando con agua, dándole un tacto baboso, desagradable, pero que había protegido con eficacia su magnífica arma. Desenrolló el envoltorio y miró en el interior del cuero y lo vio junto con las flechas y la cuerda de tripa seca en perfectas condiciones. Por primera vez en mucho tiempo sonrió. Girando el arco sobre su eje, junto con el cuero, volvió a liarlo y lo sujetó en el mismo sitio en que estaba y, cogiendo el remo, se puso a bogar en la dirección de la costa. Afortunadamente, la luna, en su fase creciente, iluminaba la nieve de las montañas. No podía remar con decisión por el profundo agotamiento pero lo intentaba sosegando en parte el ansia por llegar a tierra. La brisa lo llevó durante toda la noche hacia las montañas mientras él ayudaba; unas veces paleaba conscientemente y otras lo hacía sumido en el aturdimiento. Al amanecer ya estaba suficientemente cerca como para ver con nitidez la línea de costa: de frente, a derecha e izquierda unos rompientes rocosos de piedras puntiagudas. Ni una pequeña superficie plana donde desembarcar. Todo el optimismo se le borró instantáneamente porque fue consciente de que, incluso estando en plenitud de fuerzas, esa franja de rocas no la hubiese podido cruzar ni, siquiera, encaramarse en ellas. La canoa se haría trizas y el batir de la mar contra el roquedo terminaría con él. Dejando el remo en el fondo de la embarcación abandonó la lucha, ya cualquier cosa le daba igual porque hiciera lo que hiciese había perdido. La canoa siguió avanzando impulsada por la corriente pues la brisa había cesado mientras que el mar de fondo rompía contra las primeras rocas formando manchas blancas de espuma.

Al acercarse más, lo que parecía una línea compacta de rocas tenía un pasillo que permitía continuar aproximándose a la playa y, aunque no lo suficiente, era mejor que nada. Retrasaría el inevitable impacto.
La sierra se veía majestuosa al fondo, a dos jornadas de marcha por tierra. Sin saber muy bien de donde salía, sacó la escasa energía que le quedaba para conseguir meter la canoa por ese angosto paso en apariencia cerrado. El oleaje le impulsaba por aquel pasillo acercándole a veces en exceso a las paredes laterales, negras, repletas de mejillones. Llegando ya al final se abrió un inesperado corredor por estribor que se mantenía paralelo a la línea del rompiente, pero ya a resguardo de las olas.

 – Parece que mi final se va a retrasar más de lo que pensaba, los dioses me acompañan. Se dijo siguiendo el canal.

Rocas, de entre dos y tres metros de altura, le rodeaban por todas las partes y la corriente se había incrementado. Parecía un río. Cuando se acabó ese canal, a babor, apareció la entrada a una playa de arena blanca. Pestañeó varias veces porque no se lo podía creer: a menos de cien metros la orilla le esperaba sin una sola ola, era como una laguna en calma. Lentamente siguió remando hacia la blanca arena y cuando al fin arribó, como pudo, arrastró la canoa hasta el centro de la playa, entre el mar y el bosque. Se gelan-f3derrumbó a punto de perder el sentido. Luchó contra la necesidad de quedarse inmóvil y dormir como le pedía todo su cuerpo; sabía que si se dejaba vencer no volvería a levantarse, moriría de sed y de insolación. Se incorporó tambaleándose y, sin olvidarse de su arco, lo desató para llevárselo. A su izquierda, cerca, había una superficie lisa de suelo rocoso, de lajas horizontales que sobresalían levemente del manto de arena a las que se dirigió con la esperanza de encontrar alguna charca formada por las últimas lluvias.

– Los dioses hasta ahora me han ayudado así que encontraré agua pronto. No tiene sentido que me permitan llegar hasta aquí para dejarme morir . Pensó Gelán para darse ánimos.

En el bosque que lindaba con la arena y a poca distancia de este lugar, Go-ba, una de las mujeres de la tribu del poniente como ellos mismos se denominaban, se dirigía hacia a la playa con la cautela acostumbrada. Aunque ya había ido muchas veces por esa zona seguía atenazándole el miedo en la cercanía del mar. Los de la tribu, desde que era pequeña, le habían estado advirtiendo del peligro que se corría cuando se aproximaba cualquier persona a la playa. Cuando aspiraba la brisa marina recordaba los relatos que les contaba su madre a su hermana gemela Sa-ba y a ella sobre los animales monstruosos que emergían del agua repentinamente y se llevaban mar adentro a los humanos que atrapaban. Según sus narraciones eran muy grandes, del tamaño de diez hombres, o más incluso, con brazos enormes y en la cabeza un pico como el de un pájaro lleno de dientes. Perseguían a cualquiera que se asomase a la playa desde la línea del bosque. Ni siquiera entre los árboles se estaba seguro. Go-ba no dudaba ni por un momento de la veracidad de lo que se decía, pero había constatado que era algo exagerado como todo lo que contaba Za-gon, su chamán, el brujo de la tribu del poniente. Cuando salía a cazar o recolectar bayas, moras de los zarzales o tubérculos del suelo, lo mejor estaba cerca de la costa, donde nadie de su tribu se atrevía a acercarse. En esa zona solo se aventuraba ella y lo mantenía en un secreto absoluto. No la hubiesen creído si llegaba al poblado diciendo que había estado en la playa y había conseguido regresar para contarlo y Za-gon la hubiese castigado azotándola porque, según creencia de la tribu, la zona era tabú y sólo podían pisarla los dioses del mar.
A medida que Go-ba se aproximaba a los últimos árboles antes de la franja arenosa, previa al agua, se le iba acelerando el corazón, sentía que le ahogaba la tensión; siempre, en ese límite entre el bosque y la playa, se sentía al borde del pánico y por ello llegaba a otear la playa con la máxima cautela, sin hacer un solo ruido y, desde luego, sin que se la viese desde el mar. Al apartar con infinito cuidado la mata tras la que se escondía y ver la blanca arena se le cortó la respiración. Algo había en medio de la playa que nunca había visto. Su primer impulso fue salir corriendo pero aquello que estaba viendo permanecía inmóvil… se esperó. Mirando con más detenimiento se dio cuenta que era un trozo de un tronco de madera. No representaba aparentemente peligro alguno. Se tranquilizó un poco y asomó más la cabeza mirando a derecha e izquierda. Fue entonces cuando le vio.
Había un hombre semidesnudo, con un minúsculo taparrabos, que se desplazaba por la playa aproximándose a la zona donde ella estaba. Por instinto sabía que debía quedarse totalmente inmóvil para no llamar su atención, si retrocedía el desconocido detectaría el movimiento y la vería.
Entre curiosa y asustada analizó con detenimiento la figura del humano. Nunca había visto a nadie que no fuese de su tribu aunque sabía que existían hombres en remotos lugares. En los corrillos de mujeres se contaba que hacía muchos veranos habían capturado a un intruso cerca del campamento y, hasta que lo sacrificaron, estuvo metido en el agujero del poblado donde pudieron verle durante varios días, siendo la comidilla de la época. Desde entonces no había vuelto a aparecer nadie.
Entornó los ojos, para que no resaltase su destello entre las ramas y, puesto que debía estar absolutamente quieta, siguió observando al extraño el cual, a medida que se aproximaba, se mostraba con más detalle. Vio que sus movimientos, aun tambaleándose, eran más gráciles que los de los hombres de la tribu del poniente. Su pelo era muy negro, no como el de su gente que era marrón claro y, a falta de referencias, parecía muy alto. Aun siéndole extrañas las sensaciones que experimentaba al verle, no le eran desagradables. Por primera vez en su vida no sentía un rechazo instintivo hacia la proximidad de un varón; hasta ese momento había despreciado a todos los machos de la tribu que habían intentado aparearse con ella y, por ello, no era muy apreciada entre los suyos aunque sí deseada; sin saber muy bien por qué, No-gon el jefe, no la había obligado a juntarse con nadie hasta el momento, ignorando la pertinaz insistencia para que lo hiciese de Za-gon el brujo. Era un caso excepcional que con los dieciséis veranos que ya había vivido siguiese sin haberse apareado y sin tener hijos. Por su negativa y por ser muy atractivas tanto ella como su hermana Sa-ba, dos gemelas difíciles de distinguir, eran las mujeres más codiciadas de la tribu del poniente.
El hombre seguía acercándose mostrando a Go-ba todo el esplendor de sus, más o menos, veinte veranos, según calculó. Estaba ya suficientemente cerca como para ver con claridad su piel quemada por el sol y con llagas y, además, que estaba a punto de perder el conocimiento. Al ser consciente de la extrema debilidad del desconocido su instinto cazador se activó y la leve atracción que había sentido hasta ese momento pasó a un segundo plano. Le perdió el miedo al desconocido pero no así a la playa; bajo ningún concepto se le hubiese ocurrido pisar la arena.
El hombre pasó de largo a escasa distancia de ella dirigiéndose penosamente hacía la zona rocosa de la parte derecha de la cala, según miraba ella. Le llamó la atención la funda del arco que llevaba en la mano, tan larga y estrecha. Supuso que contenía una lanza como la que ella llevaba.
Gelán, en ese momento, batallaba con sus irrefrenables ganas de tumbarse en la arena y dejarse morir.

-Ya queda poco, debo intentar llegar a esas rocas, puede haber charcos de agua –pensó.

Continuó su penoso caminar avanzando de forma desesperantemente lenta y sin percatarse de que Go-ba le observaba a escasos metros. Aunque no hubiese estado perfectamente mimetizada con el entorno no la habría detectado, veía muy borroso por la irritación y sequedad de sus ojos.

Nada más llegar a la zona se topó con varias charcas de agua. Desconocía si eran dulces o saladas pero le dio igual, ya no le quedaban fuerzas. Se dejó caer metiendo la cabeza y, al sentir que era dulce, bebió más de lo que la prudencia aconsejaba; no podía evitarlo aun siendo consciente que debía dosificar la ingesta. El resultado fue fulminante, a la vez de sentir el mayor placer que había experimentado en su vida notó como se mareaba aún más de lo que ya estaba. Cuando ya no le cabía literalmente más líquido en su cuerpo, y sin haber desaparecido del todo la sed, se percató de que, si seguía a pleno sol, terminaría de abrasarse su ya muy quemada piel. Mareado pero con fuerzas renovadas se dirigió al bosque de coníferas que se desplegaba delante de él a escasos veinte pasos, buscando una sombra. Después de vomitar parte del agua que le quedaba en el estómago se tumbó a la vera del tronco de un pino de gran porte y se durmió profundamente.
Go-ba no había perdido detalle de todo esto, desplazándose por el interior de la arboleda siguiendo un itinerario paralelo al de él, de forma que cuando Gelán se puso a beber agua estaba lo más cerca posible y cuando, saciada la sed, se dirigió a buscar una sombra se le vino de frente, hacia ella. Se escondió precipitadamente detrás de una mata, allí mismo. Ya no tenía miedo porque sabía que si gelan-f4la descubría no tendría muchas dificultades para clavarle la lanza y matarlo. No obstante conocía muy bien, por experiencia, la fuerza que tenía un hombre y que, aún extenuado, podía ser peligroso para ella si se confiaba. Vio como se recostaba y se dormía. Esperó un tiempo hasta que la respiración del hombre, agitada al principio, se acompasó. Sin hacer ruido, como hacía cuando cazaba, se acercó muy despacio, con su vista clavada en él y tanteando con los pies el lugar donde los ponía antes de descargar su peso para no hacer ruido. Al llegar a su lado, con la lanza preparada para tirársela si se despertaba, se agachó y le quitó el arco con su funda de cuero. El tacto baboso le llamó desagradablemente la atención porque no se lo esperaba. Retrocediendo con él en la mano, ya convencida de que era una lanza pues notaba la redondez de la madera a través del cuero, se dirigió a un árbol cercano hendido, hacía mucho tiempo, por un rayo. Conocía su existencia al igual que sabía todos los detalles de esa zona: cada mata, cada roca, cada pino… Era su área de caza y recolección habitual.
Metió el arco en la hendidura, sin parase a mirar dentro de la funda por no desatar el nudo que la mantenía cerrada y para no perder tiempo; ya lo haría más adelante, y volvió a donde estaba Gelán. Su cerebro funcionaba como el de la magnífica cazadora que era desde su infancia. Sopesó lancearlo directamente en el suelo y matarlo mientras estaba profundamente dormido pero, como hubiese pasado en el caso de un gran venado, no tenía fuerzas para llevarlo al poblado y hubiese tenido que abandonarlo, terminando comido por cualquier gran depredador de los que había en abundancia. Además, aun avisando de su captura a los de la tribu, nadie hubiese venido a recogerlo estando tan cerca de la playa y tendría que descubrir su secreto, dar explicaciones de su cazadero habitual, con todo lo que le había costado mantenerlo sin que se supiese. Averiguarían que era la franja tabú y la castigarían duramente. Ni siquiera No-gon el jefe podría impedirlo aunque lo deseara, cosa que estaba por ver. Así que el prisionero debía ir al poblado por sus medios, andando, si quería lucir su trofeo. Descolgó de su cintura la maza y, poniéndose a su lado, le dio con todas sus fuerzas en la cabeza. No sabía si le había matado o no. La sangre brotaba abundantemente de la herida y el gelan-f5hombre no se movía. Le pinchó con la lanza en el muslo, apretando hasta que la punta de sílex le hizo sangrar. Seguía inerte pero aún respiraba. Le ató las manos a la espalda con una de las cuerdas que llevaba en su bolsa de costado y, una vez inmovilizado, con más calma, le colocó un palo en la espalda que le llegaba desde la cabeza hasta los muslos, sujetándoselo con cuerdas al cuello y a las muñecas. Este impedimento le limitaría drásticamente los movimientos cuando despertase, haciendo imposible que saliese corriendo con las manos atadas.

Terminada la inmovilización, y una vez comprobados los nudos, se sosegó lo suficiente como para observar detenidamente al prisionero. Por el cambio de color de la piel en la parte de la cintura, más quemado por el sol que el resto, supo que se vestía como los de su tribu aunque en esos momentos estuviese prácticamente desnudo. El pelo negro, azabache, estaba en las puntas como nevado por la sal seca del mar. Se agachó y le abrió un párpado: sus ojos eran verde claro. Nunca había visto algo así, ni ese color, ni tan roja la parte blanca el globo ocular por la irritación. Le levantó el labio superior y le analizó los dientes. Extrañamente blancos y perfectamente ordenados, lo mismo en la hilera inferior. No le faltaba ninguno.

– Buena pieza– pensó- Cuando llegue con él al campamento, Za-gon el brujo se morirá de envidia. Diré que lo cacé en la frontera de levante, en la pared rocosa. No se lo creerá porque nadie puede entrar por allí, no se puede cruzar la cordillera, pero no dirá nada; seguirá intrigado y molesto porque, por más que me sigue, no logra averiguar a donde me dirijo cuando salgo a recolectar o de caza.

Se quedó en cuclillas, al lado de Gelán, imaginándose siendo el centro de atención de toda la tribu, a No-gon el jefe mirándola con aprobación sin decir nada, a su hermana asustada y a su madre recriminándola por su osadía.
Un gemido suave le sacó de sus ensoñaciones. Su prisionero se despertaba poco a poco. Gelán pestañeó varias veces y se quedó mirándola con los ojos entornados. La sangre coagulada de la herida, que ya había cesado de salir, le había cubierto en parte un ojo y le impedía abrirlo del todo. Al recobrar el conocimiento plenamente le costó hacerse cargo de la situación. Le dolía tremendamente la cabeza, algo tenía en el ojo que le molestaba y no podía moverse porque estaba atado. A su lado, mirándole fijamente, estaba agachada una mujer, de pelo sucio y descuidado como el resto de su cuerpo y vestida con una piel mal curtida. Un tufo le inundó la nariz cuando ella se arrimó para zarandearle. Olía muy mal.
Con unas palabras ininteligibles para él, acompañadas por pinchazos de la lanza, le ordenó con gestos incorporarse. Lo intentó para que no siguiese martirizándole pero le era imposible hacerlo con el palo atado a la espalda. Go-ba se percató de ello y, dejando de pincharle, tiró del palo hacia arriba para que se apoyase sobre las rodillas. A Gelán le sorprendió la fuerza de la mujer; sin aparente esfuerzo le había levantado en peso.
Una vez de pie, Go-ba le dio agua del odre y algo de comer de la carne ahumada que llevaba en su bolsa. No tenía ningún sentimiento de piedad hacia Gelán, lo único que pretendía es que llegase por su propio pie al campamento, pero con la debilidad que demostraba no lo iba a conseguir si no reponía fuerzas. Al volcarle el agua sobre la boca fue consciente de lo alto que era. Tenía que ponerse de puntillas y si él no flexionaba las rodillas no podía darle de beber con comodidad.
Indicándole la dirección con movimientos del brazo emprendieron la marcha hacia el campamento.

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Capitulo 2

El agua y la comida que Go-ba le había proporcionado a Gelán le tonificó algo pero seguía muy débil; además, con el palo atado en la espalda, su libertad de movimientos estaba muy mermada y solo podía andar con dificultad costándole mucho esfuerzo. El roce de la corteza del tronco con las quemaduras del Sol le hacía herida y era un constante tormento. Aun en estas condiciones, acostumbrado a observar referencias del camino tomado al andar por el bosque, Gelán se fijó en que se dirigían en la dirección opuesta a la playa de forma continuada, siempre con el pico más alto de la sierra como frente y guía de su marcha. Grabó en su mente de forma mecánica, pues albergaba pocas esperanzas de volver por allí, hasta los detalles menos llamativos del terreno que iban recorriendo.
Go-ba estaba impaciente por llegar a su campamento y cada vez que notaba que Gelán aminoraba el paso le pinchaba con la punta de la lanza sin miramientos. Dejaron, después de mucho caminar, la zona de dunas con pinares para adentrarse en un encinar de orografía quebrada, con carrascas muy espesas, en el que estaban trazados pasillos por los que circulaban tanto los hombres como las bestias y el transitar por estos senderos intranquilizó a Gelán porque, aunque suponía que no le aguardaba nada bueno si conseguía atravesar esa zona, su instinto de cazador le avisaba de que andar por esa red de estrechos caminos sin tomar precauciones era muy peligroso. Si además, como era su caso, estaba totalmente indefenso se incrementaban las posibilidades de salir mal parado cuando le atacase cualquier depredador que se encontrase de frente. Go-ba sabía igualmente que Gelán corría un riesgo muy alto pero a ella no le importaba en demasía, se sentía más segura… tendría tiempo de huir mientras que la fiera se entretuviese con su prisionero.
Durante la jornada de marcha no emitieron ninguno de los dos sonido alguno; lo que Gelán agradeció porque, además de no entender nada de los pocos vocablos guturales que Go-ba había emitido desde que se habían encontrado, le permitía escuchar losgelan-f7 sonidos del bosque para prevenir si alguna fiera se les acercaba sin ser vista.

– Bastante nos estamos anunciando con el olor que desprende esta mujer. Se la tiene que percibir más allá del horizonte… para que encima haga más ruido perorando -pensó Gelán que, después de unas horas de marcha, estaba gastando sus últimas fuerzas – Espero que paremos pronto, ya no puedo dar ni un paso más.

Como si Go-ba hubiese leído sus pensamientos, en el primer claro que apareció le dio con el astil de la lanza en el antebrazo, indicándole que se arrimase a una encina centenaria que presidía el centro de la zona despejada. Después de darle agua y, de trozo en trozo, una ración de carne ahumada, amarró el palo que Gelán llevaba en la espalda al tronco del árbol, dejándole tumbado en el suelo sin movimiento alguno; comprobó que los nudos estaban bien apretados y se alejó de él, saliendo del claro, y desapareció detrás de la primera línea de maleza.
Gelán, algo repuesto después de ingerir lo que Go-ba le había dado, vio como se iba y, por primera vez, pudo contemplarla bien. Hasta ese momento siempre la había tenido detrás, o demasiado cerca. Valoró su agilidad al ver como se cimbreaba al andar, pisando de forma que no emitía ruido alguno. Se dio cuenta de que estaba ante una consumada cazadora por su forma de aproximarse a la maleza, precavida, con la lanza preparada para soltarla ante cualquier movimiento. De lejos resultaba incluso atractiva. Le hubiese podido resultar agradable de no ser por la falta absoluta de buenos sentimientos que había demostrado desde que lo capturó.

Le había estado pinchando y golpeando con la lanza, sin ninguna compasión, cada vez que disminuía el ritmo. Además, su extrema suciedad le hacía repulsiva y le evocaba tristes recuerdos.

– Esa mujer no se ha metido en el agua en su vida, pensó Gelán, probablemente cambie mucho si se asea y aparece el color de la piel que hay tras la mugre. Y, de paso, se quita el sebo que se echa en el pelo.

Cuando desapareció entre el ramaje, se vio a si mismo como el cebo que ponían en su tribu en las trampas para cazar fieras. Y revivió la imagen: una cabra atada a un árbol delante de un foso disimulado, tapado con un entramado de ramas débiles… dejó de recordar. Si hubiese algún animal en las cercanías sería un mal asunto, no había fosa que lo detuviese y se lo comería sin posibilidad de defenderse o huir. De todas formas estaba tan agotado que se durmió profundamente. Soñó de forma inmediata, nada más perder la consciencia, con imágenes muy reales de su gente, de su tierra. No fueron recuerdos agradables, fueron pesadillas, excepto cuando se vio recorriendo los bosques de cedros con su maravilloso arco en la mano, cazando libre por los territorios de su tribu.
Inconscientemente apretó los dedos en un vano intento de sentir la empuñadura. Le parecía que había trascurrido un instante desde que se había dormido cuando se despertó sobresaltado al escuchar un ruido casi imperceptible de pasos que se aproximaban. Al abrir los ojos, con el corazón latiéndole a toda velocidad, comprobó que se había hecho de noche y que había una visibilidad mínima. Lo que fuese que estaba haciendo ruido, se acercaba despacio y por su espalda. Hizo lo único que podía hacer en sus circunstancias: pataleó y simuló gruñidos con la garganta en un intento por ahuyentar al animal que tenía detrás. Y lo consiguió porque oyó unos pasos que se alejaban corriendo y el ruido de las ramas cuando se metió en la maleza. Sabía que era una victoria parcial y que no iría muy lejos. La fiera, habiendo olido la sangre, sabía que estaba herido y cuando comprobase que además estaba indefenso volvería; y esta vez no valdrían los movimientos ni las imitaciones de rugidos. Era cuestión de tiempo.gelan-f8
La única razón que encontraba para explicarse esa situación tan vulnerable era que estuviese haciendo de cebo y que la mujer estuviese al acecho. Pero la había visto desaparecer entre la vegetación a bastante distancia, demasiada para permanecer a la espera y acudir con prontitud si era atacado. Así que, sencillamente, le había abandonado a su suerte, lo que no tenía mucha lógica después de la caminata que habían hecho.
Antes de irse y dejarle solo y atado al árbol, Go-ba había comprobado los nudos de las cuerdas y una vez cerciorada de que Gelán no podría desatarse, decidió acercarse a por agua e intentar cazar algo para comer. Le quedaba carne ahumada pero quería reservarla por si se alargaban las jornadas de marcha. En el estado de debilidad en el que se encontraba su prisionero no descartaba que tuviese que disminuir el ritmo y tener provisiones guardadas vendría bien. Sabía que no podía ausentarse mucho tiempo y que debía estar de vuelta antes del anochecer porque su cautivo corría serio peligro atado al árbol. Después de sujetarse la bolsa de piel que llevaba a la espalda y comprobar que el cinturón estaba bien colocado y no le molestaría en la carrera, se alejó de Gelán andando rápido. Después de cruzar la explanada despejada se introdujo en la maleza para dirigirse al arroyo que había en esa dirección. Go-ba conocía la existencia de ese riachuelo desde que era niña, cuando empezó a salir a cazar con No-gon, el jefe, que se lo enseñó. Era la fuente de agua principal de esa zona y a la que acudía con regularidad en sus incursiones a la playa ya que transcurría paralelo al itinerario que seguía desde el poblado.

Lo encontró enseguida y se acercó con cautela porque sabía que los depredadores acechaban en los abrevaderos y podían sorprenderla cuando se agachase a beber. Después de cerciorarse de que no había nada peligroso, al menos en el área que podía ver, en la zona despejada que se abría a su frente, se acercó a la orilla e hincó la rodilla en la hierba que bordeaba la ribera. Después de sorber un buen rato, disfrutando del frescor del agua, rellenó el odre. Se acordó de su prisionero y pensó que, probablemente, no duraría mucho tiempo vivo. Había perdido mucha sangre con la herida que ella le había hecho y la que le hacía la estaca en la espalda y su falta de fuerzas era cada vez más manifiesta. Dudaba de que se pudiese levantar al amanecer. Miró al horizonte, a poniente, en la dirección en que iba a esconderse el sol en breve. Calculó el tiempo que le quedaba para intentar cazar antes de que se hiciese de noche y comprobó que con un poco de suerte alguna pieza se le pondría a tiro si permanecía al acecho en las proximidades del riachuelo.
Recorriendo la ribera buscó huellas que indicasen donde abrevaban los animales y no tardó en encontrarlas. No hacía falta ser un cazador experto para ver que eran muchas y recientes. Allí, no hacía mucho, habían estado restregándose por el barro jabalíes; nada extraño porque abundaban en la zona. Decidió no quedarse a acecharles porque en ese momento no había viento y la descubrirían por el olfato o por el oído; una experta cazadora como ella sabía que sólo cuando el aire se movía con virulencia, colocándose a sotavento y permaneciendo escondida, podía tener posibilidades de que se acercase algún jabalí joven. Los ejemplares viejos la detectaban hiciese el tiempo que hiciese, tenían un sexto sentido con el que intuían su presencia. Así que debía intentarlo con otro tipo de animal que basase su defensa fundamentalmente en la vista. Sin viento lo único que podía hacer era camuflarse. Descartando el acecho a los jabalíes, abandonó la zona trotando paralelamente a la orilla hasta que se abrió un gran claro. Había estado allí alguna vez porque ese espacio le era familiar pero no lo recordaba con exactitud; era un buen sitio para abrevadero de antílopes o gacelas porque podían permanecer alerta viendo lo que se les aproximaba con suficiente antelación como para poder salir huyendo y las huellas que había en la orilla se lo confirmaron. Probablemente volverían antes del anochecer y se acercarían al agua si conseguía que no la descubriesen. Buscó un sitio idóneo para hacer el aguardo y lo encontró enseguida: un espeso y alto cañaveral situado en la orilla, en un extremo del claro; un buen puesto para acechar. Con precaución se acercó al lugar que había elegido porque no era infrecuente que el cazador se tornase en presa; lo mismo que para ella era un buen sitio para esperar a la caza, también lo era para los leopardos solitarios. Así que se fue metiendo entre las cañas con la máxima cautela y la lanza lista para soltarla ante cualquier movimiento. Una vez dentro, entre los tallos, y cerciorada de que estaba sola aguardó agazapada.
A medida que pasaba el tiempo se iba inquietando por la suerte que podía correr Gelán. Ya le tenían que haber detectado un sin fin de animales y si permanecía vivo, lo que cada vez era más improbable, se debería a la suerte y, en parte, al respeto que sentían todas las bestias del bosque hacia el ser humano. Incluso los leones, según contaban los viejos de la tribu, les tenían cierto miedo pues sabían que un enfrentamiento con los hombres les podía salir muy caro, por ello rara vez atacaban y solo lo solían hacer los leones viejos, muy hambrientos y a hombres solitarios que eran la única presa a la que podían acceder.
Intranquila por la posibilidad de no poder presumir de prisionero ante la tribu, esperó hasta que vio acercarse a seis antílopes. Venían tomando precauciones, moviendo las orejas en todas las direcciones y olfateando. Era el momento más peligroso del día para ellos y procuraban evitarlo cuando los pastos eran suficientemente frescos para no necesitar agua. Go-ba eligió para abatir a un macho joven que venía, aparentemente, más distraido; bastante más confiado que el resto. Esperó a que se acercase a una distancia de tiro eficaz con la lanza y, levantando con sumo cuidado el brazo, lo echó hacia atrás para lanzarla con todas su fuerzas. Mirándole al venado fijamente el codillo iba a proyectar el brazo cuando, por el rabillo del ojo, vio que algo se movía cerca de ella. Se quedó totalmente quieta y girando los ojos fijó la vista en lo que le había llamado la atención.

No podía ser cierto lo que estaba viendo a escasos pasos de ella. Sabía que existían porque se los habían descrito con detalle los viejos de la tribu pero no había visto nunca a ninguno. Una leona, con la atención puesta en los antílopes, se acercaba arrastrándose bordeando el cañaveral. Go-ba estaba petrificada; moviendo únicamente los ojos localizó a tres leonas más en el extremo opuesto del claro. Probablemente habría más que no había detectado. Si la descubrían no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir al enfrentamiento. Supuso que la que tenía más cerca, la primera que había visto, no se metería en el cañaveral porque el ruido que produciría al desplazarse entre los tallos haría que los antílopes la descubriesen y saldrían huyendo; y la leona lo sabía. Afortunadamente para Go-ba, que conocía íntimamente a los animales, estaba en lo cierto y el felino continuó rodeando con sigilo las cañas por la linde del cañaveral. Iba arrastrándose tan absorta en su objetivo que no percibió a Go-ba dentro de la vegetación. Cuando las otras leonas tomaron posiciones, repentinamente, inició una veloz carrera hacia el grupo de antílopes que en ese momento abrevaba, sorprendiéndoles sólo en parte porque dos de los seis estaban vigilantes. Haciendo la señal sonora de alarma, unos chasquidos, salieron corriendo, alejándose de la zona que ocupaba Go-ba, con la leona persiguiéndoles. Después de una larga carrera, se encontraron de frente con las otras que acechaban al otro lado del claro, al que se dirigieron sin saber que allí estaba el peligro real porque la que les perseguía nunca les hubiese dado alcance. Saltando hacia los antílopes que les venían de frente, dosgelan-f9 de ellas consiguieron su objetivo. Antes de que pudiesen darse cuenta, los dos antílopes habían sido estrangulados con sendos mordiscos en sus tráqueas. Todo había terminado en escasos segundos. El grupo de leones se dividió y se dispusieron a devorar lo que habían cazado y se sumaron los cachorros que estaban escondidos en las lindes del claro. Cuando Go-ba empezaba a calmarse y recuperaba el pulso normal, un gran macho, de melena negra, se unió al festín.
Una manada completa de leones -pensó Go-ba- habrá que organizar batidas para ahuyentarlos del territorio. Si No-gon el jefe ya ha sido informado de esto, estará preparando la expedición y, si aún no lo sabe, se lo diré yo. No permitiremos la presencia de estas fieras en nuestro territorio; si queremos permanecer razonablemente seguros en nuestro quehacer diario habrá que desalojarlos de aquí.
Esperó a que saciasen el hambre para salir del cañaveral; si la descubrían era más improbable que la atacasen si no tenían apetito que si todavía estaban hambrientos. Ya, en esos momentos, era casi de noche. Debía darse prisa en salir del claro y, a la vez, no provocar el instinto predador de los leones. A un trote suave se alejó de la zona.
Pocas esperanzas le quedaban ya de encontrar vivo a su prisionero y la necesidad de cazar, por tanto, ya no era tan imperiosa. Una boca menos. Pero se sentía frustrada: no había cazado nada y probablemente había perdido su trofeo, su hombre de otra tribu. Sin dudar, y avanzando más deprisa de lo que la prudencia aconsejaba, se dirigió al claro donde había dejado a Gelán atado al árbol. Llegando a las proximidades, unos inconfundibles gruñidos de jabalíes le avisaron de su presencia. Aceleró la carrera e irrumpió en la zona despejada. Ya era de noche cerrada y con dificultad, a la luz de las estrellas, distinguió a una hembra con tres jabatos al lado de Gelán. Al verla aparecer, los cuatro animales se dieron a la fuga perdiéndose en la maleza.
Gelán ya llevaba varios minutos esperando a que la jabalina se decidiese y empezase a comer. Los jabatos, más curiosos, ya le habían olfateado y lamido las manchas de sangre. Sabía que la hembra adulta empezaría rasgándole los músculos del abdomen y, una vez abierta la tripa, le comería sus intestinos estando él todavía consciente, que era lo peor de esa situación. La naturaleza era dura y para que unos viviesen otros debían morir; era ley de vida y lo tenía asumido desde que tuvo uso de razón. Cuando parecía que la jabalina, una vez cerciorada de que no era una trampa y de que el humano estaba totalmente indefenso, se disponía a empezar el festín se oyó un estrépito de ramas moviéndose dentro de la maleza que bordeaba el claro que iba incrementándose a medida que se aproximaba. La jabalina salió corriendo pero eso no tranquilizó a Gelán porque no sabía qué era lo que hacía el ruido, qué animal se le venía encima con semejante escándalo, hasta que distinguió a Go-ba en la oscuridad. El instinto gregario le sosegó el ánimo, aunque no tenía motivo alguno de sentirse más seguro; solamente se había retrasado lo inevitable: su muerte, producida por una fiera o por los de la tribu de Go-ba ¡qué más daba! No sabía que era peor de las dos opciones.
Go-ba estaba francamente extrañada de que Gelán continuase vivo. Le reconoció el cuerpo cerciorándose de que estaba como le había dejado y decidió quitarle el palo que tenía atado a la espalda. En esas condiciones tan lamentables era imposible que pudiese escaparse incluso soltándole las ataduras, cosa que tampoco pensaba hacer. Con el cuchillo de silex y con cierto trabajo cortó las cuerdas que le sujetaban el cuello al palo, y las de las muñecas. Tiró del tronco para sacárselo por la parte de la cabeza, arañando la herida y, al quitarse la costra que se había formado, volvió a sangrar. Durante todo el proceso Gelán no emitió el más mínimo gemido de dolor ni hizo gesto alguno. Esa demostración de dominio y de orgullo impresionó a Go-ba y, a la vez, le indicó que el hombre al que había capturado era muy duro y podía ser muy peligroso.
Le dio de beber, comieron algo del tasajo que le quedaba y esperaron a que amaneciese. Gelán entró en un estado de debilidad muy pronunciado y pasó la noche delirando, con fiebre alta. No hizo frío esa noche, como casi ninguna en verano, y aunque refrescaba cuando el cielo estaba despejado, la influencia del mar suavizaba la caída de las temperaturas. Aun así Go-ba se quitó la piel con la que se cubría, quedándose totalmente desnuda, y se la puso encima a Gelán, tratando de que sobreviviese a esa noche. Se sentó a su lado, entrando en un estado de duermevela, cabeceando a ratos. Cuando estaba despierta pensaba en el recibimiento que le iba a hacer la tribu cuando llegase con su prisionero y, cuando se quedaba dormida, soñaba con el mismo tema en una sucesión de imágenes ininterrumpida. A la mayor parte de los hombres de la tribu y, en particular a los más jóvenes, les daría un ataque de envidia; como ocurría cuando llegaba con más caza que ellos, lo que era frecuente. Tampoco les gustaría a las mujeres pues no la consideraban como una más porque no hacía lo propio de las hembras de la tribu, que se dedicaban exclusivamente a la recolección. Si no fuese por que No-gon el jefe la protegía, ya le habrían dado los hombres jóvenes de la tribu un severo escarmiento con la aprobación y complicidad del resto de la tribu, exceptuando, claro está, a su madre y a su hermana Sa-ba. Y, además, ya tendría dos hijos o más. Estos pensamientos de provocar la envidia de todos le eran placenteros a Go-ba porque despreciaba profundamente a la mayor parte de los miembros de su tribu. Le habían demostrado en demasiadas ocasiones lo timoratos que eran; por eso iba a cazar sola, en contra de la costumbre y de lo aconsejable.
Se acordó también de la manada de leones que había visto esa tarde y sonrió, sin ser muy consciente de lo que este hecho implicaba. La última vez que entró un leopardo en las cercanías del poblado y hubo que organizarse para abatirlo, muchos de los hombres de la tribu se descompusieron de miedo. Si no llega a ser porque temían más a No-gon el jefe que al felino, no se hubiese organizado la cacería. Si por ellos fuese, habrían preferido que atacase a los niños que enfrentarse a él… ¡qué cobardes!

Continuará…

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